María Elena Jiménez, vendedora informal, en el mercado de Soyapango, El Salvador.Roberto Valencia

«Cerrar el mercado sería como matarnos»: la economía informal en El Salvador

La epidemia de coronavirus cobra fuerza en América Latina, región en la que millones de personas viven en la informalidad. La historia de María Elena Jiménez, una vendedora salvadoreña de Soyapango, ilustra los riesgos adicionales a los que se exponen estos países.
"Cerrar el mercado sería como matarnos": la economía informal en El Salvador que ilustra los otros riesgos del coronavirus para América Latina

María Elena es una vendedora informal; como ella, millones en América Latina. Vende refrescos embolsados, chile, panes para torrejas, bolsitas de ketchup y mostaza… raro es que uno de sus clientes le gaste más de tres dólares. María Elena Jiménez es salvadoreña, de Soyapango, 50 años vividos ya, pero sus temores ante el avance fulgurante del covid-19 en el continente americano son similares a los que hoy por hoy se viven en los mercados populares latinoamericanos

En un país como El Salvador, casi la mitad de la mujeres viven como María Elena. El 47 % de las salvadoreñas, según la gubernamental Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples,  integran el llamado ‘sector informal’.

María Elena es de las que sabe que lo peor está por venir. En los últimos diez días, desde que el coronavirus se coló con fuerza en la agenda mediática nacional, ha habido más movimiento –más ventas– en el mercado municipal de Soyapango, en el mero centro de la ciudad. Pero ella sabe que es un espejismo.

Cuando platico con ella aún no se han cumplido las 24 horas desde que el presidente de la República, Nayib Bukele, confirmó el primer caso de covid-19 en El Salvador. María Elena está preocupada; en verdad preocupada.

El Salvador ha sido de los últimos países del continente en reportar casos confirmados. Antes incluso de que la Organización Mundial de la Salud hablara de pandemia, el pasado 12 de marzo, Bukele eligió: optó por pecar de precavido antes que de inmovilista.

El pequeño país centroamericano ha sido de los primeros del hemisferio en prohibir el ingreso de ciudadanos de países con la epidemia desatada, en decretar cuarentenas obligatorias, en suspender las clases, en cerrar su único aeropuerto internacional y maquilas y restaurantes y call-centers… pero todas estas medias aplican para la economía formal.

«Acá no ha venido nadie», dice María Elena. Nadie, ni de la municipalidad ni del gobierno central, ha llegado a explicar nada al populoso mercado de Soyapango, mucho menos a entregar mascarillas, alcohol en gel, guantes o insumos similares.

Por el circuito cerrado de radio del mercado se oyen mensajes que sugieren a las mujeres embarazadas y a los mayores de 60 años quedarse en casa, pero es como predicar en el desierto. «Mire, ¿cuántos años cree que tiene ella?», me pregunta María Elena y señala a una señora tres puestos frente al suyo. Le calculo más de 70.

El mercado municipal de Soyapango es una bomba de tiempo, pero ni el primer caso confirmado ha frenado su actividad. Es un espacio grande, oscuro, de pasillos estrechos e higiene cuestionable, con puestos de venta que rara vez superan los dos metros. Uno aquí halla casi de todo y, a pesar de que la administración es municipal, el verdadero poder lo ejercen las maras; en este, la pandilla 18-Sureños.

Soyapango no es un pueblito rebuscado. Soyapango es la ciudad más populosa de El Salvador, más poblada que la capital, San Salvador. Se le calculan oficialmente 285.000 habitantes.

Johny Acuña tiene un puesto a unos 50 metros del de María Elena. Aunque vende productos lácteos, algo perecedero, también ha sentido que las ventas han aumentado algo desde que el coronavirus ha ganado presencia en las conversaciones. «Cerrar el mercado ahora sería como matarnos», dice.

Acuña no sabe, pero mientras hablamos el Gobierno ha aprobado un decreto que obliga al cierre de los centros comerciales por 14 días, salvo las farmacias, los supermercados, las agencias bancarias y los restaurantes que ofrezcan comida para llevar. Pero esta medida aplica para los centros comerciales de los estratos sociales privilegiados, que nada tienen que envidiar a los de Miami o Toronto, no para lugares como el mercado municipal de Soyapango.

En El Salvador, el 42 % de las personas viven de la economía informal. Y el 26 % de la población vive en condición de pobreza. Pero no pobreza en parámetros europeos o estadounidenses, sino pobreza en un país en el que el ingreso promedio por hogar es de 584 dólares –por hogar, no por persona–, y un litro de leche cuesta 1,20 en los supermercados formales.

«¿Quién va a dar de comer a toda esta gente si cierran el mercado por el coronavirus? Porque ahí se vive coyol quebrado, coyol comido», dice Efrén Mejía, 61 años, excombatiente de la guerrilla del FMLN y líder comunal de Soyapango. La expresión popular hace referencia a la economía de subsistencia, a que lo trabajado hoy es lo que garantiza el plato de comida de mañana.

No se nota aún en el mercado municipal de Soyapango, vigoroso y agitado como si el covid-19 siguiera siendo un problema de continentes ajenos, pero todo indica que la crisis también le pasará factura a estos vendedores.

María Elena, la viveza de la mujer salvadoreña encarnada, lleva días maquinando en su propio plan de subsistencia, por si se diera el cierre del mercado. De sus ingresos aún dependen un hijo de 21 años y una hija de 14. Hace tres días, hizo torrejas en su casa con unos panes envejecidos que no vendió, y preparó también mangos en miel, y todo lo regaló entre los vecinos de su colonia: la San Ernesto, siempre en Soyapango. Cree que, con ayuda de sus hijos, podría pasar lo peor de la crisis vendiendo esos productos a domicilio.

Pero María Elena no es el denominador común. De joven, ella llegó a estudiar en la universidad. Tiene algunas herramientas. Sabe rebuscarse. Pero no es algo al alcance de cualquiera en este populoso mercado de Soyapango, ni de los demás mercados informales de América Latina.

Roberto Valencia desde Soyapango (El Salvador)

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